Ha muerto Luis Isaías, tantas veces presidente de nuestro Club que he perdido la cuenta. La noticia, como no podía ser de otra manera, me llegó a través de la voz angustiada de Horacio quien, habiendo cuidado de su barco día y noche, habrá sentido su partida antes que ninguno de nosotros.

 

            Los que amamos el agua, el viento en la cara, el ruido de las velas cuando arrecia la racha, el rechinar de la madera, el chillido de las jarcias, tenemos la sensación, no de que la embarcación nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella. Cuando pasan muchas semanas – como ahora – que no puedo acercarme a mi barco, siento que el TU me reprocha su abandono; como un ser vivo, como un ser sensitivo dejado a su suerte. Me cuenta Horacio que en las últimas horas de su vida, Luis le preguntaba por su barco. Probablemente haya querido llevárselo con él.

            Tengo la imagen de frías, grises y ventosas tardes de invierno. El lago sólo surcado por un barco. Isaías en el Sandokan o en el Tukan. Velas desplegadas a todo trapo; navegando a un largo o en ceñida con el agua casi entrando por la borda. Él sentado en un banquito que se había fabricado en popa y del que no dejaba de alardear. Siempre sonriente, siempre feliz, derrochando simpatía y energía; contagiando su entusiasmo y desplegando en el aire su potente voz que transmitía confianza y convicción. Era un capitán.

            Puedo decir que me he criado en la bahía. He navegado el lago a vela, a remo y a motor. Lo conozco en sus entrañables rincones. Quiero al Club como todas las personas queremos aquellas cosas que forman parte de nuestra vida y, en especial, de nuestra infancia. Recuerdo cuando a fines de los setenta y al principio de los ochenta, los alemanes de Villa General Belgrano le dieron un impulso notable a la institución. Fue una época fructífera y floreciente; tal como la que ahora estamos viviendo con gente que ha puesto su entusiasmo y conocimientos al servicio común. Pero en todos estos años, Luis Isaías ha descollado entre todos.

            En los tiempos malos, aquellos donde todo parecía estar a la deriva, Isaías fue el capitán que mantuvo el buque flotando. Él solo era todo el Club. Nadie se movió como él lo hizo, viajando de Monte Maíz a Córdoba, peticionando en forma permanente ante las autoridades, buscando planos, aportando documentos, insistiendo a diestra y siniestra por los derechos del Club. Denunciando usurpaciones, viniendo a Tribunales una y otra vez, muchas veces para nada. Nunca olvidaré el día que lo llamé para decirle que Recursos Hídricos había delimitado los límites del Club y que la playa de Santiago nos pertenecía. Desbordaba de felicidad. Y tampoco voy a olvidar su desconcierto una semana después cuando le dije que la Provincia había caducado el permiso y que teníamos contados los días en la bahía. Me dijo que no podíamos quedarnos con los brazos cruzados y no dudo que fue su impulso, su aliento y la necesidad de no ver perdida su enorme labor, lo que motorizó la acción de amparo que presentaron Miguel Farías y Juan Cravarezza con mi patrocinio profesional. Siempre me sentí en deuda con Luis y cuando la Justicia finalmente hizo lugar a la medida cautelar gracias a lo cual hoy permanecemos vivos como institución, fue la primera persona en saberlo. El Club le debía, por lo menos, ese acto de protesta contra el abuso de poder y la arbitrariedad.

            Algunas horas de navegación junto a ese amigo me brindaron el enrome placer de la conversación amena e ilustrada. Me contaba de sus éxitos profesionales, de las obras que hizo y que marcaron verdaderos hitos en su arte. Fue un arquitecto brillante con toda su familia formando equipo. Me narraba con un entusiasmo adolescente sus viajes por el mundo, sus vacaciones de asistencia perfecta por décadas a las playas de Brasil; las cosas insólitas que hacía, como llevarse el velero a cuestas por más de tres mil kilómetros sólo para botarlo en el mar y sentirse como Enrique El Navegante. Algún gen habrá tenido que lo despertó de repente una tarde en Brasil, cuando desde la playa veía una pequeña embarcación a vela que iba y venía un poco más allá de la costa recortada sobre el horizonte. Entonces, como un resorte, salió de compras. Se fue a la ciudad a comprarse un velero. El precio – tano al fin – lo hizo renunciar de esa empresa. Pero volvió a su patria estando convencido de que tendría uno de esos juguetes y lo aprendería a usar. Y vaya si supo hacerlo. Ese día, el Club lo ganó para su historia.

            Yo no dejaba admirar su fuerza. Llegaba por la mañana al muelle después de haber recorrido media provincia y lo abandonaba por la tarde raudamente porque tenía que hacer un asado con invitados en su casa. Cuánta vitalidad!

            Hace ya algunos años, Luis me preguntó si no lo acompañaría a dar la vuelta al mundo en un velero, para lo cual teníamos que prepararnos intensamente. Decía que él ya estaba grande pero quería hacerlo igual. Pudo haber sido un delirio que todos los navegantes, aún los de agua dulce, padecemos en algún momento. Pero estoy convencido que él podría haberlo concretado.

            Su muerte me ha llenado de tristeza y del pesimismo inevitable que nos hace pensar que las cosas buenas no duran en este mundo. Pero tan pronto cuando imagino su cara afable, su vozarrón de barítono y su carcajada contagiosa, vuelvo a creer que nuestra existencia se justifica, por sí sola, si a lo largo de nuestra vida tenemos el gusto de compartir algún momento con personas como él.

            Mi padre decía: en bueno saludar cuando todavía hay luz. No pude hacerlo con Luis y lo lamento. Pero agradezco a Enzo por publicar estas palabras al amigo que se fue.

             Carlos Ignacio Ríos

 

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